Salvador Puig Antich

A principios de los años setenta, el MIL, un grupo izquierdista formado por un puñado de militantes españoles y franceses muy jóvenes, pone en jaque a la policía, al cometer varios atracos en Cataluña con el objetivo de conseguir dinero para apoyar a los sectores más combativos del movimiento obrero.
En un primer momento, el éxito de sus acciones espectaculares, provocadoras e irreverentes, proporciona a los jóvenes del MIL una sensación de invulnerabilidad que termina bruscamente en septiembre de 1973, cuando efectivos de la Brigada Político Social tienden una trampa a dos de sus militantes. En el transcurso de su detención se produce un confuso tiroteo en el que muere un joven inspector de policía.
Salvador Puig Antich resulta gravemente herido y, tras pasar por el hospital, ingresa en la cárcel Modelo de Barcelona, a la espera de un consejo de guerra.
A partir de ese momento, tanto sus hermanas como sus abogados inician, ante la indiferencia general, una carrera contrarreloj para salvar la vida al joven activista.
Pero el 20 de diciembre de 1973 se produce el atentado de ETA contra el presidente del Gobierno Franquista, el almirante Carrero Blanco, y Salvador Puig Antich se convertirá en el chivo expiatorio que un sector del Régimen Franquista reclama.
El Consejo de Guerra contra Puig Antich es una farsa y el joven Salvador es condenado a muerte.
Todos los intentos por salvarlo, incluso una improbable y rocambolesca fuga, resultarán inútiles y el 2 de marzo de 1974 Puig Antich es ejecutado mediante el “garrote vil”.
Su muerte trágica y cruel deja una gran huella, durante años, a toda una generación que aún se pregunta si pudo hacer algo más para evitar una ejecución tan terrible como inútil.

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